Pero no hablemos más de mí,
de lo que quiero hablar es de mi pueblo, y más concretamente de mi calle. Vivo
en un próspero y moderno pueblo de Cataluña, donde cualquier negocio que se
pone suele funcionar, en todos sitios, en cualquier calle (en todas) menos en
la mía, y no lo entiendo…es una calle preciosa, ancha, céntrica, iluminada, con
muchos aparcamientos en ella y en sus alrededores, pero cualquier negocio que
se instala en su superficie (salvo raras excepciones) está condenado a desaparecer, en algunos casos, antes de
cumplir el primer año.
Siempre me inquietó el tema,
y pensé que la calle en sí tendría la culpa de tantos fracasos mercantiles, y
como soy muy imaginativa, me monté una película donde unas brujas, en tiempos
de la inquisición, al ser quemadas en la hoguera en nombre de una religión mal
entendida, maldecían al pueblo y sobre todo el sitio donde fueron sacrificadas.
Comencé mi labor investigadora consultando a los más ancianos del lugar, y me
enteré que la zona donde ahora estaba mi
preciosa calle, antiguamente había sido un pantano, pero nadie sabía darme la
suficiente información para que yo descartase o asegurase mi teoría.
Busqué en todas las librerías, pero la historia más antigua
que encontré databa del año 1600 y yo
buscaba algo de mucho más atrás, al fin, en una de ellas, me hablaron de un
libro, un libro muy antiguo que se guardaba en la biblioteca de mi pueblo, pero
que no creían que me lo prestasen porque era un
ejemplar único que se había salvado de varias guerras y unos cuantos
incendios.
Aprovechando que era verano
y tenía las tardes libres, decidí pasar un par de horas diarias dedicadas a la
lectura y a la investigación, por eso decidida me acerqué hasta el recinto. La
biblioteca de mi pueblo es moderna, muy
grande y bien atendida. La edificaron, hacía solamente cinco años, sobre los
restos de la antigua, que se quemó misteriosamente una noche de San Juan, en su
interior todo era quietud, los suelos
enmoquetados evitaban hasta el más simple
sonido de las sillas al moverse.
No tuve ningún impedimento
para poder leer el antiquísimo manuscrito, pero siempre dentro del recinto, y me acostumbré a ir cada
día a las cuatro de la tarde. Me sentaba en una mesa en el centro desde
donde se divisaban los pasillos formados por las grandes estanterías que casi
llegaban al techo, seis pasillos totalmente iluminados y el séptimo, el primero que quedaba a mi
derecha, a oscuras. El primer día no le di importancia, pero al pasar los días
me intrigaba que, en un sitio tan cuidado, tuviesen uno de los pasillos casi
sin iluminación, pero como en realidad
lo que yo necesitaba era el enorme libro
que cada día la bibliotecaria colocaba con mimo sobre mi mesa, lo tomé como una simple anécdota y no le presté más atención.
Eso, los primeros cinco
días, porque al que hacía el sexto…….Era sábado por la tarde, la noche anterior
había estado de juerga y esa mañana había ido a trabajar sin acostarme, estaba
muerta, pero no quería perderme la lectura (soy bastante obsesiva, cuando algo
se mete en mi cabeza).Estaba ensimismada leyendo la historia de una tal
Rosario,( una curandera que por los años
1480 se dedicaba a preparar mejunjes con hierbas) cuando, un alboroto en la
entrada, llamó mi atención. Volví la cara curiosa y vi a un joven de unos veinte
años que discutía con un hombre
mayor. La bibliotecaria les llamó la
atención y el hombre se fue mientras que el joven entró decididamente y se
dirigió al pasillo sin luz.
Si no hubiese sido por el
alboroto en la puerta, nunca me hubiese fijado en él, pero, desde ese momento, mis ojos le siguieron y como si un imán los
hubiese atraído, no se podían apartar del oscuro pasillo donde se adentró.
Pasó un rato y el joven no
salía, yo estaba a la expectativa, ¿Qué podría buscar allí? ¡Si casi no se
veía! Tenía que irme… ya habían pasado
mis dos horas, pero me intrigaba saber lo que estaba haciendo allí dentro. Así
que, decidida, me levanté y me dirigí al
pasillo, me asomé y allí no había nadie. Claro, pensé, debe haber salido por
otro y no me he dado cuenta, entré en el oscuro pasillo buscando una comunicación con el siguiente, pero no la había, las estanterías llegaban
hasta la pared y entre ellas no había el menor resquicio por donde se pudiese
colar una persona, y yo estaba segura que por aquí no había salido, porque por
primera vez en una semana, había perdido el interés por el libro, dedicando
toda mi atención al enigmático pasillo.
Entré despacio, observándolo
todo. Mi vista iba de un lado a otro de las estanterías aprovechando la mínima
iluminación que llegaba para intentar averiguar por donde se escabulló el
desconocido personaje, mis manos se
paseaban por los lomos de los libros (tan bien colocados que parecían pegados).
Al fin uno de ellos rompía la simetría del conjunto y sobresalía un poco de su
sitio habitual, tiré de él intrigada y
el suelo se abrió bajo mis pies, de pronto me vi cayendo en una poza sin fin
donde las estrechas paredes golpeaban mi
cuerpo durante el descenso, no sé en qué momento debí perder el conocimiento,
pero no recordaba haber llegado al suelo cuando desperté en lo que parecía una
choza.
Me costaba abrir los ojos, todo
mi cuerpo estaba dolorido, el catre
donde me hallaba acostada olía a humedad y me costaba respirar. Me esforcé en mirar a
mí alrededor. Una mujer de unos cincuenta años, alta, recia, vestida con unas
faldas largas y una camisa floreada, estaba atareada guisando algo en una gran
olla. Aún no se había dado cuenta que yo había despertado. Intenté darme la
vuelta y un gemido de dolor se escapó de mi garganta.
---
¿Te encuentras mejor? Dijo
la mujer acercándose a mí con un gran tazón en las manos
---Me
duele todo ¿Quién eres?
---Soy
Rosario, vivo en el Pantano y te encontré esta tarde a las afueras, te traje
conmigo porque se oían los perros y pensé que te buscaban---
---
¿Pero dónde estoy?---
---Estamos
en el centro del pantano, hasta ahora era seguro, pero cada día los perros se
acercan más, creo que me buscan---
Estuvimos hablando largo
rato, me contó que su madre, su abuela, y anteriormente otras mujeres de su
familia se dedicaban a recoger hierbas y preparaban remedios para curar las
enfermedades. Hasta ahora nunca habían tenido problemas pero, de un tiempo a
esta parte, las envidias y las maledicencias, habían conseguido que su labor
fuese perseguida como si fuese obra del diablo, y se veía obligada a vivir
escondida, rodeada de insectos y de alimañas.
A lo lejos se escuchaban los ladridos de los
perros, y en la quietud del pantano se percibía un murmullo apagado de las
voces de los acosadores..
Intenté ponerme en pié, pero
no podía, me dolía terriblemente la cabeza y al intentar incorporarme creí
volver a perder el conocimiento.
---Estate
quieta, no debes moverte---Dijo Rosario poniendo una cataplasma
sobre mi cabeza.---Aquí estamos a salvo,
esta choza está casi bajo tierra y es muy difícil que nos encuentren.
Pero cada vez se oían más cerca,
y yo me daba cuenta que sólo lo decía para tranquilizarme, se acercó hasta la
puerta y después de escuchar durante un rato volvió a entrar y apagó la vela,
sus ojos brillaban en la oscuridad, la sentía nerviosa, aunque ella intentaba
aparentar una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, se daba cuenta que
estábamos acorraladas, y que cada vez estaban más cerca.
---Tenemos
que hablar---me dijo--- Hay que salir de aquí, pero las dos juntas no llegaríamos a ningún
sitio, además tú no estás en condiciones de moverte, intentaré atraerlos y así
los alejaré de la choza, sobre todo, tú no hagas ruido---
Antes de que me diera tiempo
de reaccionar se había envuelto en una pañoleta y salió deprisa.
Me quedé sola, quieta,
atenta al menor de los sonidos, debió pasar como una hora cuando todo cambió,
ya no era un murmullo, era un griterío claro… revuelto con los ladridos y los
gritos de terror, comprendí que la habían encontrado, y mi corazón se aceleró
imaginando lo que estaba a punto de pasar.
Me dejé caer al suelo,
ahogando los gritos de dolor que venían a mi garganta, me arrastré hasta la
puerta, y vi, no muy lejos, unas llamaradas que iluminaban la fría noche, los
gritos aterrorizados de Rosario amenazaban con romper mis tímpanos y el olor inconfundible de carne requemada ya
no me dejó dudas de lo que estaba ocurriendo. Mi corazón parecía un caballo
desbocado y las lágrimas corrían por mis mejillas, mientras los desgarradores
gritos acallaban las falsas oraciones de
sus verdugos.
No sé cuanto tiempo duró,
perdí la noción del tiempo, sólo sé que llegó un momento en que sólo se oían
los rezos, a Rosario ya no se la oía, o
se había desmayado o Dios había sido piadoso y se la había llevado con él.
Volví a arrastrarme al interior de la choza, no podía incorporarme para subir
al catre, por lo tanto, me acurruqué en un rincón. Así estaba cuando escuché
voces fuera. Estaba aterrorizada, ahora venían a por mí y me quemarían como a
Rosario.
Las voces se acercaban, pero
ahora ya no se oía a los perros….. Sólo murmullos…Intenté esconderme pero era
demasiado tarde, dos hombres ya se asomaban por la puerta
---
¡Aquí está!--- gritaron
Me sujetaron con fuerza y
mientras me arrastraban hacia la hoguera perdí el conocimiento. Me zarandeaban
por el hombro fuertemente intentando
despejarme.
---
¡Señorita, señorita!---
---
¡No, no quiero volver!, no quiero despertar, lo que pase que no me entere, no
quiero verlo ni sentirlo.---
---
¡Señorita!---
La bibliotecaria con cara de
pocos amigos me zarandeaba. Mientras un corro de gente, entre ellos el joven
desconocido, me miraban con cara divertida.
---
¡Que son las nueve!, es hora de cerrar---
Yo miraba a todos los lados,
sin comprender todavía dónde estaba, pero las risas de los concurrentes me
devolvieron a la realidad. Avergonzada cogí mi bolso y salí corriendo de la
biblioteca.
Ya en la calle me percaté de
un gran rasguño en mi brazo derecho, y
de que mi cuerpo estaba tan dolorido como si me hubiesen dado una paliza.
¿Había soñado? ¿O es que había hecho un viaje astral y visitado el pasado?....
Nunca lo sabré, pero ahora
estoy más decidida que nunca a averiguar, la historia del antiguo pantano donde
ahora está ubicada mi calle.
Mariangeles

Muy interesante cielo. Sigue escribiendo. Un saludo
ResponderEliminarExuberante imaginación. Rica sucesión de terribles escenas oníricas bien encadenada. Aquelarre de miedos y angustias. Ahogos y jadeos de espanto y misterio. Descargas de adrenalina que se paran en seco al despertar.
ResponderEliminarJajaja me encantan tus comentarios, eres un comentarista estupendo. Este relato lo redacté hace tiempo,pensaba en mi calle, es verdad lo que cuento de ella, y su misteriosa zona pantanal. Ya te dije que me encanta la historia
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