El señor Miguel era un artesano del calzado, quizás el mejor de toda la provincia, sus zapatos totalmente hechos a mano eran la delicia de sus clientes. Esa mañana observó que en fondo de una de las cajas, quedaba un trozo de piel roja.
No era mucha solo lo que había sobrado de unos zapatos de señora, que le habían encargado las navidades pasadas.
Pensó que con ese trozo se podía hacer alguna cosa linda, lo midió, lo remidió y se dio cuenta que unos zapatos de señora no le saldrían.
Volvió a dejar el material en la caja, se puso a trabajar y cuando ya casi lo había olvidado “flash” una idea vino a su mente.
Lo volvió a coger y pensó que unos zapatitos de niña del número 29 si que le saldrían.
Preparó la horma, se sentó cómodamente en su pequeña silla y se puso a trabajar en ellos.
El señor Miguel cuando fabricaba alguno de los lindos zapatos se olvidaba del mundo y solo pensaba en lo que estaba haciendo. Así pasó toda la mañana, cortó la piel, coloco la suela, los engomó, y los cosió cuidadosamente, les puso unas bonitas hebillas doradas y les dio lustre hasta que su sonriente cara se reflejaba en ellos. Con los lindos zapatitos en las manos, pensó que ahora solo le faltaba una preciosa niña que los llevara.
Los colocó en el escaparate, donde por su belleza y colorido resaltaban, entre todos los demás.
Los zapatitos estaban felices, entre tanto zapato marrón y negro no había duda de quien sería el preferido de las niñas, y orgullosos miraban a sus compañeros por encima de las hebillas pensando…
…..¡¡ aquí os quedareis zapatazos que nosotros nos iremos primero!!
Se oyó la campanilla de la puerta, y entró una señora con una niña rubia como el sol.
---mama, mama, mira que zapatos más bonitos---
---Si que son bonitos, pero necesitamos unos zapatos para el uniforme, esos marrones de cordones son los que nos vamos a llevar.---
Los zapatos marrones, estiraron sus cordones orgullosos, y miraron con burla a los zapatitos rojos, que se quedaron muy tristes y pensativos.
Volvió a oírse la campanilla, esta vez fue una niña de largas trenzas la que se enamoró de los zapatos
. -----¡¡¡ Que bonitos ¡!! Esos son los que quiero---
----No, estos negros de charol son más adecuados para ir a la boda de tu tía, otro día los compraremos.
Y fueron pasando los días, y los meses, y muchas niñas entraron a comprarse zapatos, unas altas, unas bajas, morenas, rubias y hasta alguna pelirroja pasó por la tienda. Pero aunque muchas se enamoraron de los zapatitos, ninguna los compró.
El señor Miguel estaba decepcionado, ¡tanto trabajo!, ¡tan hermosos que habían quedado! Y nadie, absolutamente nadie le había preguntado ni su precio, bueno…. que se le iba a hacer, a veces pasaba que algunos de ellos no había forma de venderlos.
Los zapatitos rojos también estaban decepcionados, los otros zapatos empezaban a reírse de ellos, tanto presumir y ya llevaban cuatro meses en el escaparate…jajaja…otros no estaban ni una hora. Pero seguimos siendo los más bonitos, decían ellos.
Un día llegara una preciosa niña y nos llevará, estaban fanfarroneando cuando notaron una sombra que se ponía entre ellos y el sol. Miraron curiosos y vieron a la niña de no más de seis años sucia, harapienta y con un largo cabello lleno de enredos y suciedad, que cada día se paraba delante del escaparate.
--- ¡Apartare zarrapastrosa! ¿No ves que nos tapas y las niñas lindas no nos pueden ver?---
La pequeña naturalmente no los escuchaba y seguía embobada mirando los lindos zapatitos rojos.
El señor Miguel se había dado cuenta y salió a saludar a la pequeña que cada día admiraba su trabajo.
--- ¿Te gustan? Le preguntó---
---si, son muy bonitos---
---Dile a tu mamá que te los compre, se los dejare muy baratos---
La niña agachó la mirada y el señor Miguel la agachó con ella y se fijó que iba descalza.
---No tengo mamá ---dijo la niña---
--- ¿Pues con quien vives?— ---Con mi padre, pero él no tiene dinero ---
Entonces el señor Miguel recordó que unos días atrás la vio pasar detrás de un borracho como si fuese un perrito perdido, y se dio cuenta que ese borracho debía ser su padre….uffffff pocos zapatos le podría comprar si se lo gastaba todo en vino. Miró sus ojos tristes pegados a los zapatos que brillaban a través del cristal, y luego miró los zapatos que ya habían perdido parte de su lustre por el calor del sol y tuvo una idea....
Era muy difícil que esos zapatos se vendiesen, después de tanto tiempo ya tendrían que estar fuera, pero esa niña los cuidaría y sería feliz de tenerlos. Decidido, abrió el escaparate y sacó los zapatos….
---¿pero que haceeee, esta loco? Gritaron los zapatos,---
Pero el buen hombre no hizo caso acompañó a la pequeña hasta un taburete dentro de la tienda, la sentó y arrodillado delante de ella, colocó los bonitos zapatos en sus pequeños y sucios pies. Los zapatos chillaban y escondían sus hebillas ante una humillación tan grande, ¿Cómo podía el señor Miguel hacerles eso? Ellos habían nacido para calzar los pies de una niña rica y ahora se veían en los de una pordiosera. La pequeña miraba asombrada sus pies, sus ojos brillaban de la alegría y sus manos acariciaban la suave piel que los cubría. Se levantó y dio unas vueltas delante del señor Miguel y saltaba y corría mientras él la miraba con cara sonriente.
Los zapatos gritaban ¡¡¡estate quieta!!! Que nos mareas, pero al mismo tiempo se sentían eufóricos, porque al fin y al cabo, los zapatos se hicieron para eso, para saltar, correr, bailar, y los pobres zapatos que toda la vida se quedan en el escaparate…. ¿Que pena, no? Tan bonitos y no sirven para nada. Eso pensaban por fin los zapatos, cuando veían la cara de envidia de los de la vitrina. Es preferible estar en unos piecesitos, aunque no estén en los de una niña rica, y disfrutar aunque sea dando patadas a una piedra, que morir de viejos quemados por el sol en un lindo escaparate..
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Este cuento se lo regalo a mi nieta Victoria, a la que tanto quiero

La felicidad es sorpresiva. Incluso puede entrarnos por los pies.
ResponderEliminarmi niña ha crecido, creo que voy a tener que relatarle otra clase de cuentos ahora.
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